Tokyo
En el aeropuerto de Narita lo primero que me sorprendió fue que nada más bajar del avión (fuimos de los primeros) los pasillos, hasta llegar al control de pasaporte, estaban llenos de periodistas y cámaras de televisión. Alguien famoso llegaba en nuestro avión aunque nunca supe quien fue. Y eso que estuve viendo algunas noticias en televisión para ver si lo descubría.
Debo reconocer que de los controles de pasaportes que he pasad, ha sido en el de Tokio donde más amabilidad he encontrado. Desde que te acercas al puesto te reciben con una sonrisa y te indican con una amabilidad extrema todos los pasos que tienes que seguir para salir bien en la foto que te hacen al entrar. Cuando terminas con los trámites un: “Gracias por su colaboración” son sus últimas palabras acompañadas de otra sonrisa y una leve inclinación de cabeza que instintivamente yo repetí con mi primer: “Arigato”.
Si amable fueron en el control de pasaportes más aún lo fueron en la revisión del equipaje. Los policías pedían con una amabilidad mayúscula la apertura del equipaje, lo revisaban con una delicadeza exquisita y cortesmente te de daban las gracias por tu colaboración.
Por fin salimos a la sala de espera y en el aeropuerto ya nos estaba esperando mi sobrino Fran, cuya primera pregunta fue que cuál había sido nuestra primera impresión de Japón. A Fran casi no lo reconocí en un primer momento, tan adaptado estaba a la cultura nipona que hasta ya se peinaba como lo hacen los jóvenes japoneses.
Con nuestros carritos llenos de maletas fuimos a comprar los billetes del tren que nos llevaría a Tokio y la tarjeta Suyca que nos permitiría desplazarnos por la zona metropolitana de Tokio en sus famosos trenes, aunque no a un precio excesivamente barato.
El viaje desde Narita a Shinjiku duró casi dos horas. Por el camino nos llamó la atención que casi todos los balcones tenian los edredones secándose al sol, era como si todo Japón se hubiera puesto de acuerdo para hacer la colada aprovechando el día de descanso y el buen tiempo que hacia, algo frío pero soleado.
Tokio (東京都,Tōkyō-to?, literalmente “capital del este”). Es la capital de facto de Japón y está localizado en el centro-este de la isla de Honshu, específicamente en la región de Kanto; en conjunto forma una de las 47 prefecturas de Japón, aunque su denominación oficial es metrópolis o capital(都 -to). Esta metrópolis es el centro de la política, negocios, finanzas, educación, comunicación y cultura popular de todo Japón. Posee también la mayor concentración de sedes corporativas, instituciones financieras, universidades y colegios, museos, teatros y establecimientos de compras y de entretenimiento de todo el país. En una de ellas estudia Fran, la Universidad Sofia de Tokio.
Se subdivide en 23 barrios (区 -ku); 26 ciudades (市 -shi); 1 distrito (郡 -gun) subdividido en 3 pueblos (町 -chō o -machi) y una villa (村 -son o -mura); y 4 subprefecturas (支庁 -shichō) subdivididas en 2 pueblos y 7 villas, que representan a varias pequeñas islas al sur de Honshu que se extienden más allá de 1.800 km de Shinjuku, capital de la prefectura y sede de la gobernación. El Centro de Tokio, con sus 23 barrios, ocupa un tercio de la metrópoli, con una población cercana a los 8.340.000 habitantes; esta área es lo que se conoce internacionalmente como la ciudad de Tokio. Su área metropolitana posee 34.5 millones de habitantes (2007).
A pesar de que Tokyo es la romanización más correcta del nombre en japonés, el nombre de la ciudad es Tokio en español, alemán, neerlandés y esperanto, entre otros. En inglés y otros idiomas se escribe Tokyo, aunque antiguamente también se escribía Tokio. En el pasado, la ciudad se denominaba como Tokei, Edo o Yedo. El gentilicio de Tokio es tokiota.
Cuando llegamos a Shinjiku buscamos la salida de la estación que nos llevaría al hotel. Shinjuku es el más importante centro comercial y administrativo de Tokio. En el mismo, se encuentra su famosa estación de trenes, que es la más utilizada del mundo, (un promedio de 3 millones de personas emplean la estación diariamente), yo formé parte de esos millones durante mi estancia allí, además del Tochou (都庁) o edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio, el cual el centro de la administración de Tokio y símbolo urbano más importante de la parte oriental de Tokio.
En el área cercana de la estación de Shinjuku se encuentra una gran concentración de tiendas de electrónica, centros comerciales como Odakyu, cines, restaurantes y bares. Muchos hoteles internacionales poseen una sucursal en este barrio, especialmente hacia el oeste del barrio. Entre esos hoteles el Keio Plaza que fue donde me hospedé. La amabilidad japonesa continuó una vez más en todos los empleados del hotel. Poco tiempo estuvimos allí y no pudimos sino apreciar toda la comodidad del mismo. La habitación estaba en el piso 28 del hotel.
En el año 2008, la población estimada de este barrio fue de 312.418, con una densidad poblacional de 17.140 personas por km2, con una área total de 18,23 km2.
Una vez que me duché, dejé las maletas en la habitación y terminé de preparar todo, fuimos en taxi hasta un restaurante japonés, cerca de donde más tarde cogeríamos un barco para seguir nuestra visita por la ciudad. Mi pequeño sacrificio alimentario comenzaba. Para mí la sopa de miso era la salida más fácil antes que probar alguna comida que no conociera, así que una vez que me tomé la sopa probé algo de lo que habían pedido los demás y que parecía tener una pinta aceptable a mis gustos culinarios. Más que un restaurante era un pequeño cafetín que ofertaba toda su carta con reproducciones de los platos que servían en plástico a la entrada del restaurante. Luego me daría cuenta que todos los restaurantes lo hacían. Yo no pedí nada sino que esperé a que los demás trajeran sus platos y probé aquello que yo creía que no me iba a disgustar.
De ahí nos dirigimos al templo de Akasaka en uno de los centros neurálgicos de Tokio. Fran se encontró allí por casualidad con unos compañeros de la residencia. ¿Cómo puede ocurrir eso en una ciudad de tantos millones de habiltantes?
La visita al Templo supuso mi primer contacto con la cultura y religión sintoista. Pude apreciar cierta sintonía con el budismo y vi como medio en serio medio en atracción de feria había muchos puestos para la adivinación del futuro. En la calle que nos llevaba al Templo había infinidad de puestos y pequeñas tiendas donde ya pude comprobar que no iba a ser fácil comprar algún recuerdo.
La siguiente actividad de la jornada era coger el barco desde un embarcadero cercano al Templo para ir a una isla artificial construida en la Bahía de Tokio.
Creo recordar que se llamaba Obaida y después de un mini crucero por la bahía de Tokio en una embarcación que más parecía una nave espacial que un barco llegamos a la isla. En ella había un mega centro comercial con varios restaurantes, en uno de ellos íbamos a cenar.
Nada más bajar del embarcadero me llevé una gran sorpresa al encontrar una réplica de la estatua de la libertad frente al centro comercial. A lo lejos también se podía contemplar otra réplica: la Torre Tokyo, hermana gemela de la Torre Eyfel aunque algo más alta. Inaugurada en 1958 es la estructura más alta del mundo construida en hierro. Pero para mí la imagen más bonita fue la del Rainbow Bridge, un puente que cruzaba la bahía iluminado en vivos colores que intentaba hacer brillar el arco iris en la noche tokiota.
La vista desde la isla era impresionante. Los rascacielos iluminados en la noche de Tokyo sirvieron de telón de fondo a nuestra primera cena japonesa. La imagen más llamativa de Tokio es la nocturna: millones de luces rojas aparecen delante de la vista de quien contempla la infinidad de rascacielos que pueblan esta gran urbe.
Cuando terminamos de cenar nos dirigimos a la estación de tren para coger el tren que nos llevaría a Shinjuku. Esta vez no volveríamos en barco sino en tren sobre uno de los muchos puentes que para este medio de transporte surcan la bahía. La última imagen de la noche fueron los árboles iluminados a modo de decoración navideña. Mi sobrino me explicó que había habido decoración navideña a pesar de que en Japón hay pocos cristianos y que una vez pasada la Navidad apareció la iluminación para fin de año.
El jet lag había hecho estragos este primer día, mis ojos habían estado intentando cerrarse durante buena parte de mi primera velada en Tokio. No aguantaron ni un minuto cuando llegué al hotel y caí rendido en cama. Al día siguiente me esperaban más emociones.


